El Quimerico Inquilino

martes, noviembre 10, 2009

Algo huele mal en este menage a trois

Ante las peticiones de que contase esta ya mítica (no sabéis hasta qué punto) anécdota que ha pasado boca a boca hasta el nivel casi de leyenda urbana voy a transcribirla en este mi blog previo permiso concedido por el protagonista de la misma. He de advertir que contada por escrito tiene que perder a la fuerza gran parte de su gancho ya que como más divertida resulta es, sin lugar a dudas, oída a viva voz y a poder ser por su protagonista. Aún así intentaré estar a la altura de semejante estampa bizarra digna de pasar a los anales del surrealismo costumbrista. Nuestra historia comienza en la Alameda de Sevilla, como no podía ser de otro modo, y llamaremos a nuestro héroe, homenajeando a “Reservoir Dogs”, el Señor Verde (los que ya conozcan la historia intuirán como se llamará la señorita que co-protagoniza este relato). Si mi cabeza no me falla la desventura tiene su punto de partida en una previa cita de mi amigo, el Señor Verde, con dos chicas a las que conocimos no recuerdo muy bien donde ni porqué (es irrelevante para el desarrollo de los acontecimientos) y a las que yo, tras saber los hechos que acontecieron, fui incapaz de mirar igual a la cara, no digamos ya a otras partes.


De modo que el Señor Verde queda con estas dos chicas en que las recogería de madrugada cuando estuviesen de vuelta de la discoteca a la que pretendían ir para desfasar porque no había autobuses que las llevasen a sus casas a esas horas y necesitarían un lugar donde pasar las horas que restasen hasta la mañana. El Señor Verde hecha cuentas y ya se imagina una ecuación con erótico resultado. Lo que no sabe el Señor Verde es que una de esas dos señoritas era en esos momentos la novia de otro amigo. Vamos a establecer que una es la Señorita Morada y otra, por supuesto, la Señorita Marrón. Así pues, el Señor Verde espera que de la hora en que lo avisen con un toque para agarrar a las dos mozas y llevarlas a su nidito de amor. Cuando llega ese momento todo ocurre tal y como se espera. Los tres juntitos se acuestan en la cama, una a cada lado del Señor Verde y este se dispone al abordaje. Solo que cuando lo hace las dos chicas parecen más bien masas inertes que cuerpos creados para el placer. No obstante, el Señor Verde no se viene abajo (en ningún sentido) y utiliza sus dotes donjuanescas para ganar su merecido menage a trois por el que se ha pegado toda la noche despierto. ¿Obtuvo respuesta? Está claro que las chicas sabían tan bien como nosotros que nuestro héroe no se podía ir con las manos vacías.

Mientras trata de seducir con el virtuosismo de sus manos a una de las chicas esta le regala un fina y aguda ventosidad, más olorosa que sonora, volviendo luego su cabeza contra la almohada para roncar a pleno pulmón. Pero todos sabemos que esto no puede quedar así. De modo que la Señorita Marrón se despierta sobresaltada por alguna necesidad mayor que el sueño. Nuestro héroe cree ver la gloria hasta que se da cuenta de que más que el instrumento procreador necesita el instrumento sanitario. Así transcurren las pocas horas hasta que amanece, cuando las chicas se marchan y dejan a nuestro héroe sin trío ni gloria. Este se ve ahora ante la situación de tener que dormir antes de ir a un compromiso para el que debía estar en plenas facultades, pero también debe limpiar algo la casa en vista a una revisión de sus padres. Entra en el baño y comprueba que el water, sorprendentemente, está como los chorros del oro. Sin embargo, algo raro se huele en el ambiente. Sigue la pista como un dogo hasta que da con el premio de la noche. Señoras y señores, un servidor no sabe qué clase de proceso mental tiene lugar en la cabeza de una persona para, estando frente a un water, determinar que lo más lógico es hacer de vientre en la papelera de pie que hay al otro extremo del baño.


Mi amigo, el Señor Verde, se da de bruces con ese gran pedazo de mojón andaluz bien alimentado que huele más peste que el culo de Boris Izaguirre después de una fiesta rave. Y piensa que no debe dejar eso ahí. Tampoco puede tirarlo al cubo de basura de la cocina pues entonces toda la estancia en la que debería prepararse la comida estaría impregnada de cierto olorcillo nauseabundo no muy agradable. Por no hablar de que, si lo hiciese, su madre se daría cuenta al entrar. Buscaría, encontraría, como Julio Cesar (llegó, vio y olió), y exclamaría «¡Niño! ¿Este pastel qué es?». A lo que el pobre de nuestro héroe solo podría contestar con amargura: «Mamá... se man cagao». Por que, amigos, ¿acaso no es triste tener esperanzas, deseos, ilusiones de consumar y que, al final de todo, ¡se te pean!, ¡se te caguen! y, en definitiva, pasen de ti como pasaron de la propia mierda que dejaron en tu casa? El mundo es cruel a veces. Por eso nuestro héroe lo tiene claro: “El mundo a la mierda” y si no pues como Mahoma, si el mundo no se va a la mierda, la mierda irá al mundo. Y, ni corto ni perezoso, coje la bolsa con el premio para a continuación, evitándose el desvelo de salir a la calle de día a tirarla al contenedor, abre la ventana y la persiana lo justo para lanzar fuera de su casa y de su vida ese montón de mierda, que no encuentra mayor suerte que la de desparramarse en la terraza del vecino. El Señor Verde se fue a dormir con el fin de estar en forma para su compromiso, pese a que poco después un irritante y maleducado vecino lo despertó, junto a medio vecindario, con unos gritos inaceptables. Según cuentan, una mujer con rulos salió a su balcón a decirle «¿A qué viene tanto grito?» y entonces el hombre concluyó con ira: «¿Qué a qué viene? ¿Qué a que viene? ¡Que se man cagaooooooo!»

lunes, noviembre 09, 2009

De allanamientos de morada y cuchillos jamoneros

Dije en mi mensaje de vuelta al blog que iría ocasionalmente contando algunas de las anécdotas curiosas que me han ocurrido en estos dos años de ausencia. Voy a empezar con aquella que estuvo a punto de llevarme a aparecer en las páginas de sucesos. Aunque antes de hablar de lo que acaeció en mi querido hogar tengo que hablar de lo que sucedió en casa de un amigo para que se pueda comprender bajo qué influencias psicológicas me encontraba yo en mi caso. No recuerdo exactamente cuando pasó, pero hace ya mucho tiempo. Acabábamos, dos amigos y yo, de finiquitar la juerga en la zona de la Alameda de Sevilla, lo que antiguamente era el barrio chino pero que hoy en día es uno de los principales lugares de marcha, sobre todo para gente de estilo alternativo, pese a que sigue habiendo cierta presencia de lo que fue el barrio en otro tiempo en cuanto a prostitución y delincuencia. Serían las 5 y pico de la mañana cuando nos sentamos en un coche a tener la típica charla de despedida al final de la calle donde vive uno de ellos. De repente, vi como un par de figuras ensombrecidas se colocaban en la puerta de la casa de mi amigo. Le dije «Oye, me parece que están meando la borrachera en tu casa». Pasamos totalmente del asunto, aunque yo sigo mirando al fondo. En esto resulta que una de las dos sombras pega un brinco y se sube al balcón de la casa de al lado, deshabitada, también propiedad de mi amigo, cuya familia compró para reformarla, y que comunica desde el tejado con la casa en que viven. El tipo le pega un empujón a la puerta del balcón y se mete dentro.


Nosotros, con actitud entre preocupada por el suceso y pasota por el cansancio, nos acercamos. Mi amigo, el dueño de la casa, corre a la comisaría de la Alameda a buscar ayuda y a los pocos minutos vuelve acompañado de una pareja de oficiales. Interrogan al compinche que se había quedado abajo y que ya trataba de largarse como quien no quiere la cosa. No le sacan nada. Entran con linternas en la casa asaltada en busca del otro y, tras unos cinco minutos de investigación, salen diciendo que no han visto a nadie. Yo, que era el único que le había visto con mis propios ojos penetrar en la casa, les aseguro que efectivamente ha entrado, que tiene que seguir dentro y que probablemente haya escalado al tejado de la casa. Mi amigo sube a su casa para advertir a su hermano, que está dormido, por si el asaltante ha pasado de un edificio a otro. El hermano contesta «¿Para eso me despiertas?» Y sigue durmiendo tan pancho. La pareja de oficiales se marcha pensando que el alcohol y la juerga me han hecho ver algo que no ha sucedido. Nosotros tres nos quedamos en la puerta de la casa volviendo a nuestra charla de despedida, aunque yo oigo ruidos en el tejado. Y entonces, de nuevo vuelvo a ser el único que ve las cosas. Me parece captar algún movimiento tras la ventana del balcón. Y digo, con toda la naturalidad del mundo, «¡Coño, ahí está el tío!» señalando la ventana. El ladrón se asusta y hace su aparición rápida abriendo de golpe la puerta y saltando sobre nosotros. Para ser un tipo de cuarenta y muchos años me pareció extremadamente ágil. Pese a que éramos tres contra uno nuestra reacción automática fue la cobarde de cobijarnos dentro de la casa y cerrar la puerta. Luego caímos en la cuenta numérica y dijimos «Joder, ¡salgamos!» en plan “Malditos bastardos”. Cuando me disponía a salir agarrando como arma una biga de madera, mi amigo, huyendo de temeridades, impuso la cordura de llamar de nuevo a la policía. El asaltante, a su vez, pegaba porrazos en la puerta como un loco tratando de entrar, pero a los pocos instantes dejó de hacerlo.

El cuerpo para la defensa del ciudadano volvió a personarse en el sitio ordenándonos anteriormente por teléfono que no se nos ocurriese salir de la casa como héroes subnormales con bigas de madera. Estuvimos una hora y cuarto esperando en el hall, sin enterarnos de lo que ocurría fuera hasta que concluimos que la policía se había olvidado de avisarnos de cuando podíamos salir, ya que al menos dos de nosotros teníamos que volver a nuestras viviendas. Y nosotros allí con nuestra cara de gilipollas y la biga en la mano. Al día siguiente me dijo mi amigo que la policía le comunicó que no habían encontrando al ladrón. Unos meses más tarde resultó que aquel ladrón era el famoso delincuente apodado “Spiderman”, que se dedicaba a robar casas encaramándose al tejado y que por fin habían detenido. Pero antes de saber eso tuve que sufrir otra experiencia similar, esta vez en mi propio hogar. He contado el suceso anterior porque lo mío ocurrió el fin de semana siguiente sin ir más lejos y es la única forma de entender qué era lo que podía pasar por mi mente en tal situación después de haber vivido una semana antes lo que viví. De modo que igual que la otra vez me encuentro el percal de recogida tras una juerga a las tantas de la mañana. En mi piso, al entrar hay una puerta a la izquierda, que es el salón, cuya pared del fondo es un gran ventanal y una puerta a la derecha que es la cocina. Siempre, al volver, entro a la cocina para beber. Esa vez lo hice como siempre. Pero al dejar la botella en el frigorífico y volverme al pasillo de frente vi que, al contraluz de la ventana del salón, se veía una sombra yendo a esconderse tras la cortina. Me quede paralizado, como es comprensible. Sobre todo teniendo en mente lo de la semana anterior.


Volví sobre mis pasos, realmente nervioso y con el corazón en un puño preguntándome qué diablos hacer. No se me ocurrió otra cosa, en aquellos momentos de lucidez, que coger el típico cuchillo jamonero y adentrarme en el salón en plan Sandokán. Enciendo la luz del salón, pero cuando voy a entrar pienso «Joder, joder, joder, espérate que esto es un puto octavo. ¿Quién cojones entra a robar en un octavo? Esto no es un ladronzuelo de la Alameda, estos tiene que ser unos profesionales, coño. A ver si van a ser más de uno y van a tener armas y esas mierdas...». Así que apago la luz y me vuelvo para atrás como si no pasara nada para no levantar sospechas en los supuestos profesionales. He de admitir que aún tenía algo de alcohol en sangre. Y decido que lo más responsable es despertar a mi padre. Entro en el cuarto de mis padres y me veo a mi padre tirado sobre la cama en calzoncillos roncando. Lo despierto diciéndole «Papá, que han entrado en la casa». Se levanta adormilado, confuso y sobresaltado mirando el cuchillo jamonero en mi mano y balbuceando «Eh eh, ¿qué? ¿qué pasa? ¿qué pasa?». Va hacia el salón y yo lo sigo detrás empuñando el cuchillo. Al llegar al salón enciende la luz y camina hasta la cortina. Nadie se nos echa encima, así que pienso que solo está él tipo que yo he visto entre las sombras. Me adelanto con el cuchillo dispuesto a darlo todo y en ese instante se abre la cortina y... ¡Zas! Me cago en mis muertos y exclamó «¡Joder, mamá, ¿qué coño hacías detrás de la cortina?!». Resulta que mi madre creía que yo era el ladrón porque oyó como alguien forcejeaba la cerradura y salió a observar escondiéndose luego tras la cortina. El asunto quedó zanjado con que mi padre, con el pasotismo que tienen siempre los soñolientos, volvió a sus sueños no sin antes decirnos a mi madre y a mi que éramos unos enfermos y en lo que respecta a mi... pues que estuve a punto o bien de tener un infarto o bien de acuchillar a mi progenitora por culpa de “Spiderman”.

miércoles, noviembre 04, 2009

Djangology

"Jam Session Club" es una sección nacida como tocadiscos del blog acompañado brevemente de un contexto histórico-cultural. La única pretensión es la de disfrutar de la música.


Djangology


Para agilizar las cargas de los reproductores de música y no colapsar la página inicial del blog pongo los links a los artículos (que he configurado como si hubiesen sido publicados el 1 de Enero del 2007 y así no aparezcan nunca en la página inicial del blog para no colapsarla de reproductores). Cada artículo de esta sección está elaborado de forma que si se miran individualmente se carguen con rapidez y sin problemas. Si apareciese más de un artículo de esta sección en la misma página ya si empezaría a haber problemas de lentitud en la carga. Disfrutad de las canciones.

lunes, octubre 26, 2009

El BeBop que alimentó la contracultura de los beatniks

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El BeBop que alimentó la contracultura de los beatniks


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viernes, octubre 23, 2009

Wolfman Jack y el supersonido de los 50

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lunes, octubre 19, 2009

El aborto desde la moral social y no la pseudo-moral sujeta a compromisos políticos o religiosos

Ya se de entrada que este artículo no convencerá a nadie. Por que este artículo no práctica felaciones. Por que, como muchas otras veces en mi vida, me encuentro en medio de dos corrientes y en esta vida si no te arrimas a un lado del río nadie agarrará tu mano y solo conocerás de los demás su espalda. La miopía mental hace recelar de todo lo que no sea barrer para casa. Da igual, estoy acostumbrado a los esputos. Incluso los saboreo, porque saben a bilis. Y la bilis sabe a gloria, a trabajo bien hecho, a victoria. Por eso escribo mi preocupación hacia qué tipo de sociedad dogmatizada nos estamos dirigiendo cada día más. Creo que puede llegar a ser un problema grave en el futuro. El siglo XX fue uno de los siglos más exitosos de la historia gracias a su triunfo sobre la intolerancia. Jamás en la antigüedad se había conseguido vencer de una manera tan universal y tan rápida a este germen que solo conducía al fin de la humanidad. Luego nos alejamos del espíritu de conciliación, tolerancia, hermandad, unión bajo la bandera de las libertades. Quizá nos hemos desviado queriendo aprovecharnos de esa bandera, deseando introducir como innegables algunas cosas que son muy discutibles, pretendiendo hacer pasar por universales principios que son, en realidad, parciales. Hay una cita apócrifa de Voltaire que para mi representa a la perfección el material con el que deben estar hechos los líderes de la democracia: «No estoy de acuerdo con lo que dice, pero defendería hasta la muerte su derecho a decirlo». Eso se llama comprensión y esa es la clase de integridad moral de la que deben hacer gala quienes pretendan dirigir una sociedad justa.



Pero todo eso se quemó en el fuego de la codicia deontológica. Últimamente he perdido la esperanza en que exista la moderación como creencia. Pienso que solo existe como compromiso. Que, en el fondo de cada uno, llevamos el radicalismo en la sangre. Algunos se dejan llevar por la ética hacia el compromiso de la moderación y el concilio. Otros no. Aún con esta revelación pesimista sigo creyendo en el concilio. Por que creo que sin él, la humanidad está destinada a sacarse los ojos, a morir desangrada y sembrar las cunetas con sus cadáveres putrefactos como ya ocurre en miles de fosas comunes en los caminos que nos recuerdan a una España rota. Con el tema del aborto he vislumbrado la prepotencia pseudo-moral con la que tan fácilmente ponderamos y sentenciamos en este nuevo siglo. Me llama la atención el hecho de que se de por entendido que no existe el dilema. Tanto por un lado como por otro, aunque ahora mismo se hace más llamativo el lado abortista por la única razón de que es quien lleva la mayoría. Yo no comprendo el aborto como un tema de religión ni de libertades individuales como nos quieren vender los activistas de cada bando. ¡No¡ Yo digo ¡no a los dogmas! ¿Acaso queremos volver al despotismo? Yo lo miro desde el punto de vista de la practicidad de la ley tomando como referencia la situación social, el ciudadano de a pie, y sin perder de vista la ética. Es decir, con el conjunto de elementos necesarios para llegar a una conclusión objetiva y, sobre todo, justa. No voy a pensar, como hacen otros, en Marx o en Cristo. Voy a pensar en cuarenta millones de españoles.

No obstante, como demócrata que soy, aceptaré finalmente lo que esos cuarenta millones de españoles digan. Por eso no voy nunca a manifestaciones sobre temas que no considere universalmente indiscutibles, que son bastantes menos de los que unos y otros quieren hacernos creer. Me pondría en primera línea de fuego con una pancarta anti-guerra, pero no rozaría con las yemas de mis dedos un rótulo de la fundamentalista PROVIDA en esas manifestaciones plagadas de banderas rojigualdas en manos de patéticos personajillos que quieren reivindicar la absurda idea de que si no eres de los suyos es que no eres español. Hay limpias y puras verdades en bocas de esos exaltados religiosos, pero se ven ennegrecidas por el hecho de no trabajar a favor del argumento, de la coherencia lógica, si no del dogma católico que jamás de los jamases debe intentar imponerse a una sociedad. El credo debe adaptarse a la ética universal, siempre que ambas se respeten mutuamente, nunca la ética universal al credo. Esto último es la aberración que se esconde tras la religión. Dicho eso, para mi el aborto es una medida innecesaria como elección puramente personal, no médica. No hablo de crímenes, no hablo de libertades, no hablo desde la boca de un ente superior. Hay cientos de miles de parejas que no pueden tener hijos. Parejas cuya vida mejoraría ostensiblemente si pudiesen adoptar un hijo, cosa que la mayoría espera durante muchos y desesperados años. Una persona tiene un embarazo no deseado. Tienes la posibilidad de hacer feliz a dos personas en algún lugar. Tienes la posibilidad de mejorar dos vidas, y para conseguirlo no solo no tienes que destruir ninguna vida, si no que lo único que tienes que hacer es precisamente no destruirla y no someterte a una intervención que puede causarte daños físicos graves.

Sinceramente, igual que en su día apoyé a los matrimonios gays por esto, no encuentro ninguna razón para negarme. ¿Libertad individual de elección? Buen argumento para enganchar. Me hizo pensármelo, las libertades individuales siempre han sido muy importantes para mi. Pero cada vez que lo pienso se me vienen a la mente condones, píldoras del día después, la propia conciencia de uno mismo de hacer las cosas bien, etc... Y llego a la conclusión de que, salvo trágicas excepciones, quien se ve metido en una situación sin salida con este tema lo hace gracias a un cúmulo de despropósitos. Situado al lado de esas realidades, el argumento de “La decisión es de la madre” me parece tan pobre, manipulador y ridículo como esos templarios del siglo XXI que salen a la calle estos días. ¿Malformaciones en el feto? Por supuesto que digo sí al aborto. ¿Riesgo para la madre? Por supuesto que digo sí al aborto. Pero... ¿inmadurez, pasotismo, accidentes sexuales? Has tenido oportunidades más que suficientes, alternativas antes, durante y después. Nuestros actos conllevan responsabilidades. Apréndelo haciendo feliz a una de esas cientos de miles de personas que esperan un bebé durante años. Yo conozco personalmente a quien ha tenido que esperar más de 20 años (se dice pronto, dos décadas de historia) para conseguir una adopción. Esta sociedad necesita que le hablen más de la realidad de la adopción y menos de los niños criados en malos ambientes. ¿La solución a esos niños era haber sido destrozados por instrumental médico o haber ido a un hogar con una incontable cantidad de amor para dar? Y esto que sale de mis dedos no es el capricho de un dogma. Es la realidad de España y del mundo observada por alguien que se niega a comprometer su integridad y objetividad. Que no vende su culo. Que no barre para casa justificando a con quienes simpatiza. La realidad que se respira en todas esas casas donde unas lágrimas adultas lloran la ausencia del llanto de un bebé, el vacío de un corazón que espera ser cubierto.



Un aspecto difícil de tratar es la obligación del farmacéutico a expender la píldora del día después, con la que evidentemente estoy de acuerdo y que creo que ha sido uno de los mejores regalos que ha dado la ciencia al ciudadano de a pie en los últimos años, y la del médico a practicar el aborto. Por que ahí juegan dos posturas enfrentadas donde ninguna tiene más razón que la otra. Por un lado, la obligación de respetar la ley y la necesidad o libertad del ciudadano a hacer uso de ella reclamando un servicio. Por otro lado, el respeto a la libertad de credo, que constituye uno de los más importantes y significativos pasajes de cualquier constitución democrática, y ser objetor de conciencia. Ese es probablemente el tema de más complicada solución en todo este asunto. La única solución coherente a un sistema democrático sería trabajar por conseguir que se respeten ambas posturas, que se halle un punto de estabilidad entre la obligación y el respeto. Para ello habría que facilitar la llegada de estos productos o servicios al ciudadano de tal forma que jamás se pueda dar la circunstancia de que alguien se encuentre con las puertas cerradas, sin alternativas. Que siempre pueda conseguir fácilmente lo que, en primera instancia, puede que no consiga por motivos de objeción de conciencia. Solo habría que trabajar un poco más en regular esto por ley, en vez de limitarse a catalogar las cosas de blanco o negro, uno de los motivos por los que más problemas legales existen. Retocando un poco la cita célebre de Neil Armstrong: Un pequeño paso para la ley supondría un gran salto para la sociedad. Solo que para eso algunos tendrían que ganarse su sueldo.

sábado, octubre 17, 2009

Capítulo 2 (2ªparte): Conjura para necios

"Cuaderno de bitácora de un serial killer" es una comedia serial cuyos capítulos podrás encontrar ordenados en la barra de la izquierda.


Dos semanas después salí del hospital con la piel como un pimiento del piquillo. Me incorporé a mi trabajo aquella noche, aunque llegué tarde y no pude hacer más que irme a dormir a mi querida bodegas con aquellos gases ya me eran tan familiares y de los que empezaba a hacerme adicto. La mañana siguiente me levante con aire resolutivo decidido a termina de una vez por todas con una misión que se estaba alargando más que un discurso de Fidel Castro recibiendo un Oscar. Sabía que si fallaba una vez más perdería mi trabajo. La paciencia del señor Jerez había llegado a su límite, que dicho sea de paso tampoco era difícil de alcanzar. Trabajé duro desde primera hora hasta el almuerzo, medio ciego, borracho y con el brazo derecho en cabestrillo por las quemaduras. Después de comer iba a dar lugar mi plan definitivo. Dejé sueltas las cadenas que sujetaban un montón de tinajas vacías en el almacén sabiendo que la presión que hacían unas con otras las mantendría en su sitio hasta que el más mínimo temblor las hiciese rodar en tropel. Pero antes había encasquetado entre la primera tinaja y el suelo la barra que se usa para extender el instrumento con el que se destapan las tinajas a desnivel. A mi me tocaba trabajar en el piso de arriba y al sindicalista en el de abajo, justo al lado del montón de tinajas. Le pediría que me trajese la barra y al ir por ella... ¡Zas! El mundo se le vendría encima.


Y así fue todo. Bueno, en cierto modo. Fue así todo con la diferencia de que sucedió exactamente al revés de lo que había planeado. Partió del sindicalista el pedirme un instrumento que necesitaba. Subió por la escalera de caracol dándome voces para que le llevase una especie de herramienta con forma de llave inglesa. Uno de los obreros que trabajaba conmigo en el piso de arriba lo oyó y cogió aquel instrumento que yo jamás habría sabido distinguir y me lo lanzó a las manos para que se lo pasase al sindicalista que se encontraba en ese instante sobrepasando el último escalón. No se decir si fue mi estado ebrio, la inoportuna ceguera o el caprichoso destino empeñado en que llevase la escayola y el cabestrillo en el brazo que debía alargar para coger la herramienta de metal que volaba por los aires en dirección a la faz culé del sindicalista. El impacto fue tal que, por unos instantes, parecía que el tiempo se hubiese detenido en el momento que el pesado objeto golpeaba frente, nariz y boca mientras los ojos del sindicalista se tornaban bizcos. Duró un rato la orquesta de leñazos que interpretaba el cuerpo contra escalones, suelo y finalmente, rodando, contra la barra encasquetada en el montón de tinajas. Todos nos quedamos mirando desde el hueco de la escalera con la boca más abierta que una compañera de reparto de Nacho Vidal. Me pareció ver que aún movía un párpado cuando rugió la marabunta. Apenas había tocado la barra con la coronilla, pero las tinajas y la fuerza de la gravedad lo consideraron suficiente.


Mi jefe, el señor Jerez, me pagó la totalidad de mi salario afirmando que yo era un maestro del encubrimiento criminal. Se preguntaba cómo había conseguido montarlo todo de forma que resultase tan verosímil. No me quise parar a explicárselo. Pero la Benemérita insistió en ello. Nos tuvieron, a mi y a todos los empleados, tres horas para el atestado. Tuve que decir que ya no trabajaba allí y que no había durado ni un mes en la fábrica, lo que le pareció normal a todo el mundo nada más ver mi maltrecho estado físico. A todos excepto a un bigotudo, con la piel ajada y esa clase de tez morena que da la impresión de no haberse lavado desde que Tejero pronunció su famoso «¡Se callen, coño!». Su cara parecía desvelar que se había enterado aquel día de que su mujer le ponía los cuernos con un activista de Greenpeace. Había descubierto que las cadenas de las tinajas no estaban bien sujetas. Según el forense, la causa de la muerte había sido la caída por la escalera que le partió el cuello. Pero él tenía esa expresión en la cara que solo se tiene cuando se sospecha algo o cuando se entra en un cuarto de baño público. Me tuvo que dejar marchar, pero lo hizo con la clase de mirada que quiere decir «Te estaré vigilando». Y esa fue la primera vez que vi el rostro del hombre que más problemas me iba a traer a lo largo de mi existencia, mi particular garrapata, el Teniente Coronel de la Guardia Civil Paco Jonazos Losmíos.



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