Algo huele mal en este menage a trois
De modo que el Señor Verde queda con estas dos chicas en que las recogería de madrugada cuando estuviesen de vuelta de la discoteca a la que pretendían ir para desfasar porque no había autobuses que las llevasen a sus casas a esas horas y necesitarían un lugar donde pasar las horas que restasen hasta la mañana. El Señor Verde hecha cuentas y ya se imagina una ecuación con erótico resultado. Lo que no sabe el Señor Verde es que una de esas dos señoritas era en esos momentos la novia de otro amigo. Vamos a establecer que una es la Señorita Morada y otra, por supuesto, la Señorita Marrón. Así pues, el Señor Verde espera que de la hora en que lo avisen con un toque para agarrar a las dos mozas y llevarlas a su nidito de amor. Cuando llega ese momento todo ocurre tal y como se espera. Los tres juntitos se acuestan en la cama, una a cada lado del Señor Verde y este se dispone al abordaje. Solo que cuando lo hace las dos chicas parecen más bien masas inertes que cuerpos creados para el placer. No obstante, el Señor Verde no se viene abajo (en ningún sentido) y utiliza sus dotes donjuanescas para ganar su merecido menage a trois por el que se ha pegado toda la noche despierto. ¿Obtuvo respuesta? Está claro que las chicas sabían tan bien como nosotros que nuestro héroe no se podía ir con las manos vacías.
Mientras trata de seducir con el virtuosismo de sus manos a una de las chicas esta le regala un fina y aguda ventosidad, más olorosa que sonora, volviendo luego su cabeza contra la almohada para roncar a pleno pulmón. Pero todos sabemos que esto no puede quedar así. De modo que la Señorita Marrón se despierta sobresaltada por alguna necesidad mayor que el sueño. Nuestro héroe cree ver la gloria hasta que se da cuenta de que más que el instrumento procreador necesita el instrumento sanitario. Así transcurren las pocas horas hasta que amanece, cuando las chicas se marchan y dejan a nuestro héroe sin trío ni gloria. Este se ve ahora ante la situación de tener que dormir antes de ir a un compromiso para el que debía estar en plenas facultades, pero también debe limpiar algo la casa en vista a una revisión de sus padres. Entra en el baño y comprueba que el water, sorprendentemente, está como los chorros del oro. Sin embargo, algo raro se huele en el ambiente. Sigue la pista como un dogo hasta que da con el premio de la noche. Señoras y señores, un servidor no sabe qué clase de proceso mental tiene lugar en la cabeza de una persona para, estando frente a un water, determinar que lo más lógico es hacer de vientre en la papelera de pie que hay al otro extremo del baño.
Mi amigo, el Señor Verde, se da de bruces con ese gran pedazo de mojón andaluz bien alimentado que huele más peste que el culo de Boris Izaguirre después de una fiesta rave. Y piensa que no debe dejar eso ahí. Tampoco puede tirarlo al cubo de basura de la cocina pues entonces toda la estancia en la que debería prepararse la comida estaría impregnada de cierto olorcillo nauseabundo no muy agradable. Por no hablar de que, si lo hiciese, su madre se daría cuenta al entrar. Buscaría, encontraría, como Julio Cesar (llegó, vio y olió), y exclamaría «¡Niño! ¿Este pastel qué es?». A lo que el pobre de nuestro héroe solo podría contestar con amargura: «Mamá... se man cagao». Por que, amigos, ¿acaso no es triste tener esperanzas, deseos, ilusiones de consumar y que, al final de todo, ¡se te pean!, ¡se te caguen! y, en definitiva, pasen de ti como pasaron de la propia mierda que dejaron en tu casa? El mundo es cruel a veces. Por eso nuestro héroe lo tiene claro: “El mundo a la mierda” y si no pues como Mahoma, si el mundo no se va a la mierda, la mierda irá al mundo. Y, ni corto ni perezoso, coje la bolsa con el premio para a continuación, evitándose el desvelo de salir a la calle de día a tirarla al contenedor, abre la ventana y la persiana lo justo para lanzar fuera de su casa y de su vida ese montón de mierda, que no encuentra mayor suerte que la de desparramarse en la terraza del vecino. El Señor Verde se fue a dormir con el fin de estar en forma para su compromiso, pese a que poco después un irritante y maleducado vecino lo despertó, junto a medio vecindario, con unos gritos inaceptables. Según cuentan, una mujer con rulos salió a su balcón a decirle «¿A qué viene tanto grito?» y entonces el hombre concluyó con ira: «¿Qué a qué viene? ¿Qué a que viene? ¡Que se man cagaooooooo!»





