Canícula
Está llegando y puedo saborear su perfume. Yo, como bien saben los que me conocen, soy un ave nocturna. Vivo de noche. De noche todo me sale mejor. De noche respiro y me siento yo. Pues bien, el único momento del año en que siento que no me encuentro solo en la noche es cuando llega la canícula que aquí en el sur se hace mucho más opresiva e intolerante. Los días no hay quien los soporte, te levantas de la cama con la camiseta pegada al cuerpo de sudor, te lavas y a los cinco minutos estás de nuevo empapado perdiendo líquidos. Es una buena forma de acostumbrarse a lo que nos espera cuando seamos viejos con incontinencia. Salir a la calle se convierte en un auténtico acto de gallardía temeraria. Yo precisamente vivo en una zona especialmente calurosa (¡Qué digo calurosa! ¡Volcánica!) y cuando la canícula que trae aires africanos se alza en los días más furiosos es difícil no marearse o caer deshidratado. A veces incluso llegas a ver las cosas a través de esas dunas transparentes y vibrantes, como cuando miras justo por encima del fuego de una vela o un mechero.
Pero la noche sí me gusta, porque me trae a los invitados anuales de mi misma raza, los que no saben como es mi vida rutinaria lo comprueban durante unas cuantas semanas. Conforme llega el verano y el calor denso que se cuela como un intruso por entre los visillos, bajo las puertas y a través de los poros de tu piel, la gente tiende a encerrarse en su casa durante el día. No es que hagan su vida por la noche, pero permanecen despiertos, porque el calor les impide dormir tranquilos. Y yo lo se. Los tengo presentes. Puedo oír su respiración viva y sentir sus ojos abiertos a través de las paredes de los edificios. Noto que la ciudad está viva, está despierta, está insomne como yo. Ahora, cuando salgo a la terraza a fumarme mi cigarrillo nocturno puedo ver a lo lejos otro punto de luz, de fuego, la llama de otro cigarrillo moviéndose en la oscuridad, en otra terraza, como la mía, como la de cualquiera. Oigo a los perros ladrar. Ladran por que están despiertos, porque tampoco pueden dormir con éste calor y dan vueltas por la calle, donde corre el aire. La gente abre sus ventanas de par en par sin miedo a que eso suponga una pérdida casi absoluta de la intimidad. Confían en el aire, eso que nos permite vivir. Un aire completamente calmado, que corre por la nada con la misma lentitud que una vieja tortuga a la que no le importa dónde va.
Y entonces, al igual que en la Navidad, surge el milagro causado simple y llanamente por una fecha, un clima, un momento en que la mayoría de personas sienten algo muy parecido a la que tienen a su lado. Terminas hablando con ese tipo de la terraza de al lado que ha salido en camiseta y calzoncillos a fumar mientras trata que su cuerpo se refresque y su mente no se quede empastada, soldada con el sudor. Le hablas mientras das caladas y mueves las manos a tu alrededor como si te estuvieras despidiendo de alguien fervorosamente solo para quitarte de encima los mosquitos. Quizá incluso terminas enrolándote en una partida de póker nacida de esa humana necesidad de comunicación con tus iguales. Ocurren cosas muy curiosas en verano, todas a raíz del calor.
Pero eso solo dura unas semanas. Luego, los aires nórdicos empujan fuera de la península a los africanos como un intransigente portero de discoteca. Todo vuelve a la normalidad. Probablemente no hables nunca más con esa gente que hasta una noche de verano pensabas que no existían y ellos igualmente de ti. Yo seguiré aquí, éste es mi hogar. Un hogar oscuro y solitario, sí, pero es el mío. Aunque por unos días creo que me gusta sentir que no estoy sólo en la madrugada. Esos días asfixiantes y extraños en los que me he sentido un siniestro anfitrión. Pero solo la canícula. Por que si no, mi hogar dejaría de ser mío.
Pero la noche sí me gusta, porque me trae a los invitados anuales de mi misma raza, los que no saben como es mi vida rutinaria lo comprueban durante unas cuantas semanas. Conforme llega el verano y el calor denso que se cuela como un intruso por entre los visillos, bajo las puertas y a través de los poros de tu piel, la gente tiende a encerrarse en su casa durante el día. No es que hagan su vida por la noche, pero permanecen despiertos, porque el calor les impide dormir tranquilos. Y yo lo se. Los tengo presentes. Puedo oír su respiración viva y sentir sus ojos abiertos a través de las paredes de los edificios. Noto que la ciudad está viva, está despierta, está insomne como yo. Ahora, cuando salgo a la terraza a fumarme mi cigarrillo nocturno puedo ver a lo lejos otro punto de luz, de fuego, la llama de otro cigarrillo moviéndose en la oscuridad, en otra terraza, como la mía, como la de cualquiera. Oigo a los perros ladrar. Ladran por que están despiertos, porque tampoco pueden dormir con éste calor y dan vueltas por la calle, donde corre el aire. La gente abre sus ventanas de par en par sin miedo a que eso suponga una pérdida casi absoluta de la intimidad. Confían en el aire, eso que nos permite vivir. Un aire completamente calmado, que corre por la nada con la misma lentitud que una vieja tortuga a la que no le importa dónde va.Y entonces, al igual que en la Navidad, surge el milagro causado simple y llanamente por una fecha, un clima, un momento en que la mayoría de personas sienten algo muy parecido a la que tienen a su lado. Terminas hablando con ese tipo de la terraza de al lado que ha salido en camiseta y calzoncillos a fumar mientras trata que su cuerpo se refresque y su mente no se quede empastada, soldada con el sudor. Le hablas mientras das caladas y mueves las manos a tu alrededor como si te estuvieras despidiendo de alguien fervorosamente solo para quitarte de encima los mosquitos. Quizá incluso terminas enrolándote en una partida de póker nacida de esa humana necesidad de comunicación con tus iguales. Ocurren cosas muy curiosas en verano, todas a raíz del calor.
Pero eso solo dura unas semanas. Luego, los aires nórdicos empujan fuera de la península a los africanos como un intransigente portero de discoteca. Todo vuelve a la normalidad. Probablemente no hables nunca más con esa gente que hasta una noche de verano pensabas que no existían y ellos igualmente de ti. Yo seguiré aquí, éste es mi hogar. Un hogar oscuro y solitario, sí, pero es el mío. Aunque por unos días creo que me gusta sentir que no estoy sólo en la madrugada. Esos días asfixiantes y extraños en los que me he sentido un siniestro anfitrión. Pero solo la canícula. Por que si no, mi hogar dejaría de ser mío.


7 Comments:
Hogar oscuro hogar...
Que calores, que sudores, que olores, que pegajoseo... pero niño... tu no sabes lo que es el aire acondicionado? jajajajaja XD. Y para los mosquitos el kilpafff y chico se duerme de maravilla, con la pata tiesa y to... Hay que ver mas la tele eh!!!!
;-) Muám.
Ehh Ri illo!!
No acaba de llamá zu vezino para decirno que eztai hazta lo cohone de esta calór pegahosa. Jode!!! Nozotro tenemo oferta 2x1 y zi me invita a una cervezita le regalo la pilas der mando ea.Le hace? Ademá la oferta der mé os regalamo también mojquiteras amarillo pollo para la ventanas y 5 enzufes de ezos pa la mojcas. Pero claro jode tira la bazura de ve en cuando azín no irán lo joio mozquito ni la mozca ni los bixos.
Vá vá aparta que ezto te lo arreglo yo!!! ofú
Curiosa visión-versión del verano.. en mi caso lo prefiero al invierno. Playa, conciertos, amigos, terrazas, amores... vale, y calor pegajoso y mosquitos.
La noche es más noche en verano.
Soy del 84, por poco (aunque leiéndote me siento una niñata. Qué coño, soy una niñata!!)
PD: ayer fuí al cine a ver la fuente de la vida, de Aronofsky. Ahórratela, no está ni de lejos a la altura de Requiem o Pi.
BESO(S)ALADOS
Bufff..he sentido el caló... soy del norte, pero se alcanzan esas temperaturas a la voz de ya!
Besos cálidos
:)))
Buenísima comparación la de los aires nórdicos como si fuesen intransigentes porteros de discoteca!
Yo no sé que va a pasar, estar a 35º en mayo no es muy normal.
Salud/OS y ojo no se derritan!!
por aqui eso no pasa... y m eentra la morriña del sur... recuerdo lo de las ventanas, y esos suspiros en la noche, miradas de cansancio con esos vecinos y sí, en tener un mal común nos unía y hacía ser un poco menos vecinos y más personas... aquí por las noches las ventanas están cerradas, hace frío y los días de ola de calor se suede ir en manga corta y todo... pero no hay de eso... bueno con el frío un poco, pero todos nos encerramos y los cristales se empañan con la calefacción.. y el silencio se apodera de las calles, sólo el humo de las chimeneas... diferencias entre norte y sur...
besos sabor... gloria!jajaja
El calor es odioso, yo no sé lo que son esas temperaturas( ni quiero saberlo) pero a mi me encanta la melancolia invernal..XD
buen texto!
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